Si definimos poner límites en la vida, es la muerte, y gracias a nuestra consciencia somos capaces de reflexionar sobre nuestro propio final. El saber de la
futura desaparición no es tan fácil como saber practicar por ejemplo la pintura o las matemáticas. Pero increíblemente por otro lado podemos influir directamente en un nacimiento, en una nueva vida, en un nuevo ser. Y en ese impresionante detalle ejercemos de dioses y diosas en nuestro particular universo, ¡lo creamos tocándolo con aquel icónico dedo pintado por Miguel Ángel y ya está!, nace, vive, sonríe, nos observa, crece, ¡¡¡gatea!! hasta que surge su pregunta: “…mamá, como nací yo?, y entonces comienzan los adorables cuentos de erase una vez cuando llovía chocolate, o de aquella numerosa familia tortuga, o esos inseparables amigos pingüino y canguro, y por último del astronauta que astutamente se negaba regresar a la tierra. Todos estos pensamientos me invaden al mirar como mi adorable y fuerte nieto su crecimiento va tan rápido intuyendo que ya debe estar preparado para todo en este tiempo que eligió para nacer, invitándome con su contagiosa sonrisa y pícara mirada a gatear con él para volver a levantarme.



