La etiqueta

Semanas atrás estuve trabajando en algunas ideas realizadas en yeso, pensando en que algún día verán la luz instalada en parques, en las cimas de colinas o preferentemente todas distanciadas entre si frente al mar, envueltas por el insatisfecho viento de mi querido Valparaíso. Y bueno, sucedió que un mediodía cualquiera al hacer la pausa de comida, vi en la etiqueta pegada a la botella de vino, (no mencionaré su marca), un largo mapa con sus pueblos, ciudades, aldeas que bajaban a través de un rio, a primera vista por simple ilusión óptica me pareció un mapa de Chile lo que motivó a leerlo con detención, pero se trataba del río Durero con sus antiguas laderas de viñedos haciendo mención a los mejores racimos y su tradicional forma de elaboración en el color, en el aroma, en la estructura de cuerpo, etc. etc. El vino me gustaba, pero una vez que iba leyendo toda esa información, sobre el tiempo de permanencia en barriles de robles y cuantas cosas más, mi paladar se iba sintiendo más y más a gusto, debo decir que el vino no era caro, 2 euros y 60 céntimos.

Digo esto porque con el arte puede suceder lo mismo, una obra puede gustar, interesar y decirte algo a golpe de primera vista, con otras no sucede y pasas de largo, pero siempre existe el interés sobre todo en las exposiciones que el público desea algo más, desea sonsacar lo que todo artista aborrece y odia, yo el primero en incluirme. Desean averiguar, escuchar el relato y explicaciones de las creaciones expuestas, oír la voz de quien en soledad creó lo que están viendo, constatar con cierta morbosidad lo que supuestamente debería hablar por sí solo. Entonces aquella etiqueta de la botella me hizo reflexionar sobre el asunto de decidir dejar o no de enfrentarse a los grupos de personas delante de los cuadros con los habituales discursos, aunque en la actualidad si el público llegara a ruborizarse guardan la compostura y elegancia, no como aquellos tiempos de cien años atrás que la gran asistencia explotaba a risotadas o se enfadaban airadamente ante lo expuesto demostrándolo de forma escandalosa. 

En todo caso, la verdad de la verdad, todo es cuestión de naturaleza, ya es algo de admirable el   poder empezar una y otra vez por uno mismo buscando el momento, el refugio, la concentración hasta que aparezca la obra, dentro de un mundo crispado, enfurecido, cabreado de nervios por miles de razones ya sabidas y archi conocidas, dejándome llevar inconscientemente en este decepcionante desorden globalizado y sentirme al mismo tiempo imposibilitado hablar sobre mis últimas pinturas, pero que supuestamente lo dejo reflejado en aquellas escrituras que no las entiende nadie pero que quizás sean mi recurso para alcanzar tranquilidad y de alguna manera oponer resistencia regresando a épocas creativas primarias. 

Pero quienes tienen la última palabra en el arte son los que no leen la etiqueta y tan solo se dejan llevar por el sabor y el carácter que sienten en su paladar, en este caso en su retina y posterior sensibilidad, sin dejarse intervenir ni mediar por vinicultor o artista alguno.