Post-pandemia

Lentamente se reinicia un tímido movimiento en las galerías de arte, el golpe recibido más de un año de duración aumentó lo que sufrían incluso mucho antes de la pandemia. En este inicio de verano comienza por lo menos a entrar algo de aire en los talleres, ventilando lo creado durante todo el negro y tortuoso periodo de la peste. Si esta macabra experiencia sirvió para fomentar el trabajo en todos los ámbitos laborales desde las casas, a nosotros nos ha servido más aún constatar que los artistas y sus producciones tienen un gran aliado en el mundo virtual por la rapidez en compartir los trabajos en este entramado de redes.

Ya no son épocas que celosamente no se abrían las puertas del taller a compañeros de oficio por temor y riesgo de ser copiados, entonces se esperaban que las obras viesen la luz colgada en paredes de alguna exposición por un par de semanas o tres sabiendo que ni la mejor galería puede responder una masiva visita de posibles interesados. Las redes sociales también en cierta manera han democratizado el arte, el artista puede sin intermediario alguno y cuando lo estima conveniente según su propio criterio y manejo de los tiempos naturales de su creación proyectar y enviar a recorrer miles y miles de kilómetros introduciéndose en las retinas de todos sus seguidores. Durante estos últimos diez años los internautas del arte se han ido desmarcando de forma clara por sus libres preferencias y sensibilidades, otorgando su lugar a tal o cual artista, pero lo interesante en todo este caótico mundo virtual es que paradojalmente las obras siguen manteniendo ser perceptibles al material en que se han realizado incluso a través de la imagen plana, su cercanía en la pantalla logra resaltar más aún expresividad y nitidez en la textura, indudablemente cuando el interés del visitante se transforma en adquisición y cuenta con ella en intimidad ya todo se transforma tangible, llegando a un final que todo artista anhela en esta nueva fórmula.